Escribir ciencia ficción

Los geranios de la señora Torres

«La civilización es un fino barniz que oculta el monstruo que todos llevamos dentro».

No sé quien dijo esa frase, y seguro que no vivió para verla confirmada, pero los sucesos que siguieron a la pandemia demostraron la delgadez de la capa que contenía nuestros instintos: los restos de la humanidad destruyeron, en pocos años, justo los que duraron los recursos heredados de la bonanza de las épocas anteriores, los siglos de civilización de los que habíamos disfrutado, y la barbarie, que había estado aguardando agazapada en los corazones de cada uno de nosotros, despertó y se adueñó del mundo.

Cuando construimos los muros que transformaron la urbanización en una aldea fortificada, la casa de la señora Torres quedó fuera del perímetro. La anciana se negó rotundamente a abandonarla y ocupar cualquiera de las residencias que habían quedado vacías en el interior de la aldea. Ella y su marido habían vivido allí durante décadas, hasta que la plaga los separó, y pensaba acabar sus días en el hogar que habían elegido para su retiro.

En un mundo enloquecido la vida de una persona apenas tiene valor, y menos la de una anciana que, en opinión de muchos, sobrevivió extemporáneamente a personas más jóvenes y valiosas, así que nadie en la aldea se esforzó demasiado en convencerla y, cuando hacíamos guardia sobre los muros, la observábamos con curiosidad cuidando su jardín, transformado en huerto, y regando los geranios que adornaban las ventanas en una incoherente nota de normalidad en medio de la apocalipsis.

Cuando nos llegó la noticia de que una banda de forajidos se dirigía a la aldea, le pedimos, de nuevo, que se refugiara tras los muros, pero ella se negó y desistimos pensando que ya había vivido muchos años y tenía derecho a elegir la forma de morir, y, mientras nos preparábamos para la defensa, ella continuó con sus rutinas, que no abandonó ni siquiera cuando los bandidos llegaron y se quedaron observándola tras la coqueta valla de madera que rodeaba la casita.

Uno de ellos, al que reconocimos como Lorca, el cabecilla, de quien habíamos oído innumerables relatos de crímenes y violencia, cruzó el cercado y se acerco al porche en el que la señora Torres lo recibió tranquilamente sentada en su balancín, y, tras intercambiar unas palabras, se sentó a su lado y aceptó un vaso de limonada.Estábamos convencidos de que, en cualquier momento, se produciría un desenlace fatal y comenzaría la batalla, pero las horas pasaron y el ataque que temíamos no se produjo: los bandidos se limitaron a inspeccionar nuestras defensas y lanzarnos amenazas desde la distancia, y, cuando el día declinó, continuaron su camino y se perdieron tras el horizonte.

Aquel no fue un hecho aislado. Las noticias sobre el suceso llegaron a muchos oídos y pronto nos acostumbramos al desfile de curiosos que acudían a ver la casita de la señora Torres, y ella, indiferente a que los visitantes fueran vagabundos, comerciantes o guerreros errantes, siempre los recibía igual: invitándolos a un refresco o a una infusión, o a dulces en el caso de que llegaran acompañados de niños.

Pronto, los presentes con los que correspondían la hospitalidad de la señora Torres fueron tan numerosos que la anciana no supo qué hacer con ellos y comenzó a repartirlos entre los vecinos más necesitados. En correspondencia, a ella nunca le faltaron manos que la ayudaran en las labores del huerto o en el mantenimiento de la vivienda y de la finca en la que se asentaba, y la casita mantuvo su presencia pulcra y ordenada durante los años que aún vivió en ella.

Hoy sabemos que lo que atraía a los visitantes era el símbolo que representaban la señora Torres y su hogar: un retazo de un mundo perdido. Los geranios que adornaban sus ventanas, cuyos esquejes aún florecen en el pretil de nuestros muros y en muchos de los hogares que protegen, eran una nota de color tan discordante entre la barbarie y la desconfianza que conseguía ablandar hasta los corazones más duros, y regalarnos, a todos, un destello de esperanza.

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